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BRASIL - La policía se gana corazones en Río de Janeiro

Fabiana Frayssinet y Mario Osava, IPS

Lunes 29 de noviembre de 2010, puesto en línea por Claudia Casal

27 de noviembre de 2010 - IPS - El clima de esperanza que inundó esta semana a Río de Janeiro cuando la policía logró controlar a los narcotraficantes de una favela tras un enfrentamiento armado contrasta con anteriores brotes de violencia similares.

El tiroteo que sembró el pánico, dejó por lo menos 35 muertos, un centenar de vehículos incendiados y rumores de atentados por todas partes.

Después de 30 años de enfrentamientos, ahora el Estado tiene «una perspectiva decente» para rescatar territorios, «con políticas sociales y una policía que se acerca a la población, hay un cambio, los narcos lo perciben y están a la defensiva», evaluó Rubem Cesar Fernandes, director de Viva Rio, organización no gubernamental de amplia acción social en la ciudad y más recientemente en Haití.

Hace cuatro años hubo episodios «aun más violentos» que éstos, recordó, cuando el gobernador electo de Río de Janeiro, Sergio Cabral, conformaba su equipo de trabajo. Y ahora otra vez, cuando está organizando su segundo período.

«El crimen organizado intenta intervenir en ese proceso, mostrar fuerza y afirmarse en la transición política», dijo Fernandes a IPS.

Las numerosas acciones simultáneas de las bandas de traficantes, aparentemente unidas, empezaron el domingo 21 con automóviles quemados y los «arrastões» (atracos masivos) en algunas calles, intensificándose en los días siguientes, con mucho tiroteo ante la contraofensiva de las fuerzas del orden.

Las autoridades sostienen que se trató de una reacción a las Unidades de Policía Pacificadora (UPP), creadas por el gobierno de Río de Janeiro para ocupar favelas (barrios pobres y hacinados) de forma permanente y liberarlas del narcotráfico. La acción policial es seguida de programas sociales.

Desde fines de 2008 hasta ahora se implantaron 13 UPP, casi todas en la Zona Sur de la ciudad, más rica y turística, lo que le valió críticas por su sesgo clasista y por sus limitaciones.

Se estima que hay casi 1.000 favelas en Río de Janeiro. Las autoridades reconocen que no habrá suficientes policías para ocuparlas.

Pero el éxito de las primeras acciones de paz se ganó el apoyo popular, reflejado en el gran aumento de denuncias de actividades del crimen organizado. También cambió la relación de la policía con las «comunidades», eufemismo con que se denominan ahora a las favelas.

La policía solía intervenir cuando bandas rivales se disputaban a tiros un territorio para sus negocios, pero luego se marchaba dejando a los traficantes allí y una numerosa cantidad de civiles muertos. Los pobladores temían sus incursiones y las rechazaban.

Pero el jueves se vio otra actitud en la favela Villa Cruzeiro, donde ocurrió un violento enfrentamiento entre policías y traficantes. Los residentes saludaron la llegada de los efectivos, les brindaron agua y comida, pese a la tensión.

«Hoy la población dice que hay que seguir, hay que seguir», reconoció Fernandes. «Con la policía comunitaria, inversiones sociales y urbanización, todo cambió y la gente tiene conciencia de eso», explicó.

Los numerosos atentados perpetrados por las bandas criminales esta semana fueron «una reacción a la política global (de seguridad) para la que las UPP son centrales, la gran novedad que marca una diferencia», acotó.

«Tiene que entrar la policía, tiene que haber respeto a la policía», opinó Maria Teresa dos Santos, jubilada que vive hace 50 años en las inmediaciones de Villa Cruzeiro, manifestando su apoyo al operativo que el jueves convirtió al barrio en un campo de guerra.

«Hubo muchos, muchos tiros», resumió.

La incursión de unos 600 policiales en Villa Cruzeiro, con apoyo de vehículos blindados de la Marina, expulsó del barrio a unos 200 «soldados» del narcotráfico que se refugiaron en las favelas vecinas del llamado Complejo Alemán, ubicado en la Zona Norte de Río de Janeiro.

La población del conjunto, cercado por efectivos del Ejército desde el viernes para evitar fugas, se estima en 400.000 personas.

Al día siguiente, Villa Cruzeiro parecía vivir un desfile militar. Por los caminos que suben a la favela marchaban policías militares y civiles, fuerzas especiales de la policía, fusileros navales, soldados del Ejército, además de los blindados idénticos a los usados por Estados Unidos en sus guerras y que fueron importantes para romper las barricadas armadas por las bandas de narcotraficantes.

Las paredes perforadas por los tiros no impiden que la gente siga con su vida normal. Un hombre vende huevos. Mujeres con niños en brazos pasan entre los cientos de efectivos policiales, mientras aún se escuchan ráfagas de ametralladora en la parte alta del barrio donde se esconden los últimos traficantes.

«La vida continúa», esa es la consigna.

Pero en la ciudad, decenas de escuelas suspendieron las clases, varias tiendas cerraron sus puertas, menguaron los autobuses dejando miles de personas a pie, en especial en la noche. El terror produjo trastornos en muchas actividades y partes de Río de Janeiro.

«Uno no tiene nada que ver ni con uno ni con otro (lado), nos quedamos en lo nuestro», comentó D., operadora de caja de un supermercado en Villa Cruzeiro, en su intento de no tomar partido.

«No sé», responde al ser consulta de si el narcotráfico constituye un poder paralelo en el barrio.

La operadora refleja la posición defensiva de los pobladores sometidos a la presión de fuerzas en confrontación armada, aún atemorizados, sin creer en un triunfo definitivo de la ley.

Las UPP generaron una nueva dinámica en el combate al crimen organizado, desde hace décadas aumenta la inseguridad en Río de Janeiro, frenando el desarrollo turístico.

Su éxito inicial llevó a la presidenta electa Dilma Rousseff a prometer la ampliación de la política a otras ciudades brasileñas. Por su parte, el Ejército, que suele ser reacio a ejercer papel de policía, se comprometió a enviar 800 soldados para reforzar el combate al narcotráfico en Río de Janeiro.

Pero la seguridad pública local sigue siendo un gran desafío y sin soluciones a corto plazo, pese al entusiasmo generado esta semana.

«Hay otro crimen organizado que está creciendo, los paramilitares de derecha», recordó Fernandes. En muchos casos comandados por ex policías de grupos denominados «milicias» y que controlan más de un centenar de favelas.

También contribuyen a debilitar el narcotráfico disputándole sus territorios, pero agrava la criminalidad al ejercer actividades ilegales en muchas áreas, desde el transporte urbano a la distribución de gas y drogas. Además se infiltraron en la política local.

La población de esta ciudad teme que los narcotraficantes cambien de actividad y se dediquen a cometer otros delitos como asaltos en barrios ricos de la ciudad.

Pero la transformación es parcial y distinta entre los jefes y los jóvenes, llamados soldados, quienes «no tienen adonde ir», según Fernandes. Eso abre la posibilidad de «reintegrar a los pequeños», por eso conviene distinguirlos de los «grandes», concluyó.


http://www.ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=96974

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