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Miradas subterráneas
El Cartel de las Focas
Andrés Bianque Squadracci
Viernes 30 de enero de 2026, puesto en línea por
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Por años, El Cartel de las Focas, ha operado en las sombras, por debajo de la superficie pública, marítima y del escrutinio legal, aterrando a la población de una isla.
El contrabando de pescados se ha diseminado por toda la región, dejando a los pescadores obligados a irse de la isla. El nombre de esa isla es Preenland que existe gracias a su reina de hielo.
Los pescadores, a regañadientes, ayudan al Cartel de las Focas, y si se niegan, los osos polares, que funcionan como guardaespaldas de las focas, pueden romper todo y a cualquiera que se oponga a las órdenes del Cartel.
Lo más terrible de todo es que, el Cartel estaría bajo el amparo de la reina Tteme. La cual es, o sería o pudo ser, la jefa del Cartel, aunque no existan pruebas para corroborar lo dicho, como así tampoco existen pruebas de que el Cartel de las Focas exista, pero son detalles mínimos.
La falta de pruebas nunca ha sido un obstáculo para el poder; al contrario, suele ser su mejor coartada.
Sin embargo, la opinión de observadores internacionales, indica todo lo contrario: el Cartel sí existe, pero no en el plano dimensional de los humanos. Es como una entelequia a futuro, no existe, pero sí podría existir si se repite el nombre muchas veces.
Entonces, la opinión general, es tan confusa como un laberinto de gelatinas. O mejor dicho, el Cartel de las focas, tiene características cuánticas: es, pero no es, está, pero no está. Todo depende de quién o quiénes describan el tema.
Pero un día, todo será explicado de manera clara y concisa a los habitantes de la isla.
Un indestructible barco pirata, llegó a la playa de la isla. Toda su tripulación bajó a tierra. Su capitán lideraba a los marineros. Era un hombre muy alto, muy fornido. Llevaba en su hombro derecho un loro muy feo, al que llamaban Bioru.
Para asombro de todos, el capitán tenía una voz muy curiosa. Como de niño, pero de niño borracho o como alguien con la lengua muy corta. Y si esto no era curioso, más curioso era observar que el loro, posado en el hombro del marinero, se le acercaba a la oreja y parecía susurrarle cosas, que después el capitán, con su voz de niño repetía:
– El tiempo de andar en trineo por cuentas propias, ha llegado a su fin. Desde hoy, Trineo-Uber será una realidad, que mejorará a toda la población. Además, somos gentes normales que nos gustan las cosas raras, por ejemplo, las tierras raras que no han sido propiamente descubiertas o explotadas.
– ¿Usted Capitán y los suyos reemplazarán al Cartel de las Focas? dijo un poblador.
– Justamente, dijo el capitán. El reino del norte, en su infinita compasión, adoptará a esta isla huérfana de padres o la arrendará en su defecto. Ustedes eligen, o a la buenas o…
– Pero nosotros tenemos una reina, padres y madres, respondió un pescador.
En ese mismo momento, un oso polar, tomó al pescador y le dio un paseo (solo de ida) debajo de un témpano.
De pronto apareció un pingüino aristocrático, con voz de notario que exclamó: Nosotros, los del Cartel de las focas, no haremos ningún tipo de problemas en contra del capitán y sus hombres.
Un pescador dijo en voz alta:
– Pero ese es un pingüino, no una foca.
Esas fueron sus últimas palabras antes de que resbalara y se rompiera el cuello en contra de un glaciar.
Repentinamente, apareció la reina y comentó:
– Somos personas de paz, no necesitamos nada más que respeto.
La subieron a una lancha que se perdió en el hielo.
Días después, el Cartel de las Focas dejó de ser mencionado. No porque hubiera desaparecido, sino porque ya no era necesario.
El capitán instaló oficinas temporales que se volvieron permanentes.
Se firmaron acuerdos que nadie leyó, en idiomas que nadie hablaba.
Los recursos naturales de Preenland comenzaron a exportarse con una “normalidad” aterradora.
La normalidad, por primera vez, fue absoluta.
Los osos polares fueron reubicados como personal de seguridad privada.
Los pingüinos obtuvieron cargos administrativos.
Las focas pasaron a ser patrimonio turístico.
Se levantó una feria con todo tipo de souvenirs para los turistas.
De la reina Tteme no se volvió a saber nada, salvo que vivía en algún lugar apartado y apartada de la gente.
En estas tierras, la muerte rara vez era un castigo: casi siempre era un malentendido de los nuevos administradores.
Trineo-Uber redujo los tiempos de traslado un 40%.
Y así, sin Cartel, sin reina y sin isla propia, Preenland siguió existiendo, gracias a sus salvadores.
Y los salvadores nunca preguntaron si alguien quería ser salvado; asumieron que la gratitud vendría con el tiempo, o con el silencio o con el ruido de la maquinaria trabajando cabeza agacha.

