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¿Con qué detergente lavas? El poder público en la era del imperio

Arundhati Roy, ZNET

Miércoles 3 de octubre de 2007, puesto en línea por John Malone

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16 de agosto de 2004 - San Francisco, California.

Me han pedido que hable acerca del «poder público en la era del imperio». No acostumbro hacer lo que se me dice, pero por una feliz casualidad eso es precisamente de lo que quiero hablar hoy.

Cuando vemos cómo se destripa y se desangra el lenguaje, ¿qué entendemos por «poder público»? Cuando la libertad significa ocupación; la democracia, capitalismo neoliberal; la reforma, represión; y palabras como «emancipación» y «misión de paz» le hielan a una la sangre, entonces una expresión como «poder público» puede significar lo que quiera cada uno. Por ejemplo, una máquina para desarrollar los bíceps o un producto de limpieza. Así que voy a tener que definir el «poder público» por el camino, digamos que arrimando el ascua a mi sardina.

En la India, la palabra «public» está incorporada a la lengua hindú. Significa pueblo. En hindú tenemos «sarkar» y «public», el gobierno y el pueblo. Este uso implica la suposición de que el gobierno es algo aparte de «el pueblo». La distinción tiene mucho que ver con el hecho de que la lucha por la libertad en la India, aunque magnífica, no fue ni mucho menos revolucionaria. La élite india se calzó con facilidad y elegancia los zapatos que dejaron los imperialistas británicos. Una sociedad extremadamente empobrecida y esencialmente feudal se convirtió en una nación estado independiente y moderna. Hoy, cuando han pasado cincuenta y siete años exactos, los verdaderos vencidos todavía ven al gobierno como «mai-baap», el padre y proveedor. El sector ligeramente más radical, los que todavía tienen fuego en las entrañas, lo ven como «chor», el ladrón, el que arrebata todas las cosas.

Sea como sea, para la mayoría de los indios, «sarkar» es algo muy diferente de «public». Sin embargo, a medida que se suben los peldaños de la escala social, la distinción entre «sarkar» y «public» se diluye. A la élite india, como a todas las élites del mundo, le cuesta separarse del estado. Ve lo que ve el estado, piensa como el estado, habla como el estado.

En contraste, en Estados Unidos la distinción entre «sarkar» y «public» se ha difuminado a niveles mucho más profundos dentro de la sociedad. Esto podría ser indicativo de una democracia robusta, pero desgraciadamente el asunto es un poco más complicado y menos lindo. Entre otras cosas está relacionado con la intrincada trama de paranoia urdida por el «sarkar» estadounidense y difundida por las corporaciones mediáticas y por Hollywood. Los estadounidenses normales se han visto manipulados hasta imaginar que son un pueblo en estado de sitio cuyo único refugio y protección provienen de su gobierno. Si no son los comunistas, es Al Qaeda. Si no es Cuba, es Nicaragua. El resultado es que la nación más poderosa del mundo, con su inigualable arsenal, su historial de combate y financiación de innumerables guerras, y la única nación que ha hecho uso de la bomba atómica, está habitada por una ciudadanía aterrorizada que se asusta hasta de su sombra. Un pueblo atado al estado, no por las prestaciones sociales, la sanidad pública o las garantías laborales, sino por el miedo.

Este miedo de fabricación sintética se utiliza para conseguir el apoyo del pueblo a más actos de agresión, y así se va construyendo una espiral de histeria autoreplicante, ya calibrada oficialmente por el gobierno estadounidense en su programa Alertas Terroristas en Rutilante Tecnicolor: fucsia, azul turquesa, rosa salmón.

A los que la miramos desde afuera, esta fusión de «sarkar» y «public» en EEUU a veces nos hace difícil distinguir entre las acciones del gobierno de EEUU y las del pueblo estadounidense. Esta confusión es lo que alimenta al antiamericanismo en el mundo. Entonces el gobierno estadounidense se aferra al antiamericanismo y lo amplifica por medio de sus leales medios de comunicación. Ya conocen la rutina: «¿Por qué nos odian? Odian nuestras libertades»... etc, etc. De esta forma se refuerza la sensación de aislamiento de la población de EEUU y hace más estrecho todavía el abrazo entre «sarkar» y «public». Como Caperucita Roja buscando el calorcito de la cama del lobo.

El uso de la amenaza de un enemigo externo para unificar a la población en favor de uno es un burro viejo al que se suben los políticos desde hace siglos para entrar por las puertas del poder. Pero a lo mejor la gente normal está harta de ese pobre burro y busca otra cosa. Una antigua canción de película hindú dice: «yeh public hai, yeh sab jaanti hai» (el pueblo sí lo sabe todo). ¿No sería estupendo si la canción tuviera razón y los políticos no?

Antes de la invasión ilegal de Irak por Washington, una encuesta de Gallup International indicaba que en ningún país europeo el apoyo a una guerra unilateral superaba el 11%. El 15 de febrero de 2003, pocas semanas antes de la invasión, más de diez millones de personas se manifestaron en contra de la guerra en los distintos continentes, América del Norte inclusive. Y aún así los gobiernos de muchos países supuestamente democráticos se unieron a la guerra.

La cuestión es si la «democracia» sigue siendo democrática.

¿Los gobiernos democráticos tienen que rendir cuentas a las personas que los eligieron? Y, crucialmente, ¿el «public» de los países democráticos es responsable de las acciones de su «sarkar»?

Si nos ponemos a pensar, la lógica en la que se basa la guerra contra el terrorismo y la lógica en que se basa el terrorismo es exactamente la misma. Ambas obligan a los ciudadanos a pagar por las acciones de sus gobiernos. Al Qaeda obligó al pueblo de los EEUU a pagar con sus vidas las acciones de su gobierno en Palestina, Arabia Saudí, Irak y Afganistán. El gobierno estadounidense ha obligado al pueblo afgano a pagar con miles de vidas las acciones de los talibanes, y el pueblo iraquí está pagando con cientos de miles más las acciones de Sadam Husein.

La diferencia esencial es que en realidad nadie había votado a Al Qaeda, a los talibanes o a Sadam Husein. Pero el presidente de los Estados Unidos sí que había ganado elecciones (bueno, por decirlo de alguna manera).

Los jefes de gobierno de Italia, España y Reino Unido habían ganado elecciones. ¿No podría decirse, entonces, que los ciudadanos de estos países son más responsables de las acciones de sus gobiernos que lo son los iraquíes de las acciones de Sadam Husein, o los afganos de las de los talibanes?

¿Cuál de sus respectivos dioses decide si ésta o la otra es una «guerra justa»? George Bush padre dijo una vez: «Yo nunca pediré disculpas en nombre de EEUU. No me importa lo que haya pasado». Cuando el presidente del país más poderoso del mundo no necesita que le importe lo que haya ocurrido, por lo menos podemos estar seguros de que hemos entrado en la era del imperio.

Así que, ¿qué significado tiene el poder público en la era del imperio? ¿Tiene algún significado? ¿Existe en realidad?

En estos tiempos presuntamente democráticos el pensamiento político convencional afirma que el poder público se ejerce en las urnas. Docenas de países de todo el mundo irán a las urnas este año, y la mayoría (no todos) tendrán los gobiernos a los que hayan votado. Pero ¿conseguirán tener los gobiernos a los que aspiran?

En la India este año votamos la derrota de los nacionalistas hindúes. Sin embargo, mientras estábamos celebrándolo, sabíamos ya que en lo que se refiere al armamento nuclear, el neoliberalismo, la privatización, la censura, los grandes pantanos, es decir, en todas las cuestiones importantes, aparte del nacionalismo hindú descarado, el Partido del Congreso y el BJP no presentan grandes diferencias ideológicas. Sabemos también que fueron los cincuenta años de existencia del Partido del Congreso los que abrieron el camino, cultural y políticamente, a la extrema derecha. También fue el Partido del Congreso el que abrió los mercados de la India a la globalización corporativa.

En su campaña electoral, el Partido del Congreso aseguraba que estaba dispuesto a revisar parte de su política económica. Millones de personas, de las más pobres de la India, salieron a votar en masa en estas elecciones. El espectáculo de la gran democracia india se televisó en directo: los agricultores pobres, los ancianos y enfermos, las mujeres cubiertas de velos con sus hermosas joyas de plata, acudiendo a los colegios electorales sobre elefantes, camellos y carros de bueyes en un espectáculo encantadoramente anacrónico. En contra de las predicciones de todos los expertos y encuestadores de la India, el Congreso obtuvo más votos que ningún otro partido. Los partidos comunistas consiguieron el mayor número de votos de su historia. Los pobres de la India votaron claramente en contra de las «reformas» económicas del neoliberalismo y el fascismo creciente. En cuanto se contaron los votos, los grandes medios de comunicación los despacharon como si fueran figurantes baratos en un rodaje. Los canales de televisión desplegaban pantallas partidas: en la mitad de la pantalla aparecía el caos que se había formado a la puerta de la residencia de Sonia Gandhi, líder del Partido del Congreso, mientras se improvisaba un gobierno de coalición.

La otra mitad mostraba, a las puertas del Bombay Stock Exchange, a los corredores de bolsa frenéticos por la preocupación, por si al Partido del Congreso se le ocurría cumplir sus promesas y llevar a cabo las propuestas electorales que lo habían llevado al poder. Vimos el índice bursátil Sensex subir, bajar y dar tumbos. Los medios de comunicación, cuyos propios valores estaban cayendo en picado, daban la noticia del colapso bursátil como si Pakistán acabara de lanzar misiles balísticos intercontinentales sobre Nueva Delhi.

Antes incluso de la toma de posesión del nuevo gobierno, hubo políticos de primera fila del Partido del Congreso que hicieron declaraciones públicas en las que aseguraban a los inversores y a los medios que la privatización de los servicios públicos continuaría. Entretanto, el BJP, al pasar a la oposición, ha comenzado a poner objeciones, de forma tan cínica como cómica, a la inversión extranjera directa y a una mayor apertura de los mercados indios.

Esta es la falsa dialéctica que está adoptando la democracia electoral.

En cuanto a los indios pobres, una vez que han suministrado los votos, carretera y manta, que la política se decidirá sin contar con ellos.

¿Y en las elecciones de EEUU? ¿Tienen opción los votantes?

Es cierto que si John Kerry llega a ser presidente, cambiarán algunos de los magnates del petróleo y fundamentalistas cristianos de la Casa Blanca. Serán pocos los que sientan perder de vista a truhanes descarados como Dick Cheney, Donald Rumsfeld o John Ashcroft. Lo que sí es preocupante es que la nueva administración conservará su política. Que tendremos Bushismo sin Bush.

Los que están realmente en el poder - los banqueros, directivos etc - no son vulnerables al voto (y de todas formas financian a ambos lados).

Por desgracia, la importancia de las elecciones estadounidenses ha degenerado en una contienda entre personalidades. Una trifulca para dirimir quién sería el mejor capataz del imperio. John Kerry cree en la idea del imperio con el mismo fervor que George Bush.

El sistema político de EEUU está cuidadosamente confeccionado para impedir que cualquiera que cuestione la bondad natural de la estructura de poder militar-industrial-corporativa pueda entrar por las puertas del poder.

En este contexto, no sorprende a nadie que en estas elecciones los dos contendientes sean licenciados de la Universidad de Yale, ambos miembros de la sociedad secreta «Skull and Bones» (La calavera), ambos millonarios que juegan a los soldaditos, ambos pregonando la guerra y discutiendo de manera casi pueril cuál de los dos sería el caudillo más eficiente en la guerra contra el terror.

Al igual que su predecesor el presidente Clinton, Kerry continuará la expansión del poder económico y militar de EEUU en el mundo. Dice que hubiera votado a favor de la guerra de Bush en Irak aún sabiendo que Irak no tenía armas de destrucción masiva. Promete asignar más tropas a Irak. Recientemente ha dicho que apoya al cien por cien la política de Bush en relación con Israel y Ariel Sharon. Dice que mantendrá el 98% de los recortes fiscales de Bush.

Así que, por debajo del histérico intercambio de insultos, el consenso es casi absoluto. Parece que, incluso si el electorado americano vota a Kerry, de todas formas seguirá estando Bush: El presidente John Kerbush o el presidente George Berry.

La posibilidad de elegir no es real, sino aparente. Es como elegir una marca de detergente. Compres Tide o compres Ivory Snow, los dos son de Procter and Gamble.

Esto no significa que la posición de cada uno no tenga sus matices, que el Congreso y el BJP, los neolaboristas y los conservadores, los demócratas y los republicanos sean lo mismo. Claro que no lo son. Tampoco lo son Tide y Ivory Snow: Tide tiene oxígeno activo y Ivory Snow es un jabón suave.

En la India, hay diferencias entre un partido abiertamente fascista (el BJP) y otro que taimadamente enfrenta a una comunidad con otra (Congreso), sembrando las semillas del comunalismo que luego cosecha hábilmente el BJP.

Existen diferencias en los niveles de inteligencia e insensibilidad de los actuales candidatos a presidente de los EEUU. El movimiento contra la guerra en EEUU ha realizado una labor extraordinaria al poner de manifiesto las mentiras y la venalidad que dieron lugar a la invasión de Irak, a pesar de la propaganda e intimidación a las que se enfrentaban.

Esta acción prestó un gran servicio no sólo al pueblo estadounidense, sino al mundo entero. Pero ahora, si el movimiento contra la guerra se une abiertamente a la campaña de Kerry, el resto del mundo pensará que está de acuerdo con su política de imperialismo «sensible». ¿Es preferible el imperialismo de EEUU si lo apoyan la ONU y los países europeos? ¿Es preferible que la ONU pida soldados a India y Pakistán para que maten y mueran en Irak en lugar de los soldados estadounidenses? ¿Es verdad que el único cambio que pueden esperar los iraquíes es que las compañias francesas, alemanas y rusas participen en el saqueo de su país?

¿Es esto mejor o peor para los que vivimos en naciones vasallas? ¿es mejor para el mundo tener un emperador más listo en el poder, o uno más tonto? ¿Es ésa nuestra única alternativa?

Perdónenme, ya sé que estas son preguntas incómodas, incluso brutales, pero es necesario plantearlas.

Lo cierto es que la democracia electoral se ha convertido en un proceso de manipulación cínica. Ofrece un espacio político muy reducido, y sería ingenuo creer que en este espacio hay opciones reales.

La crisis de la democracia moderna es profunda.

En el escenario global, más allá de la jurisdicción de los gobiernos soberanos, los instrumentos internacionales de comercio y finanzas supervisan un complejo sistema de leyes multilaterales y acuerdos que han consolidado un sistema de apropiación que daría vergüenza a los colonialistas. Este sistema permite la entrada y salida sin restricciones de cantidades ingentes de capital especulativo - dinero caliente - de los países del tercer mundo, que acaba prácticamente por dictar su política económica. Utilizando la amenaza de la fuga de capital como palanca, el capital internacional penetra cada vez más en todos los niveles de estas economías. Las gigantes corporaciones transnacionales están tomando las riendas de sus infraestructuras esenciales y sus recursos naturales, sus minerales, su agua, su electricidad. La Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otras instituciones financieras como el Banco Asiático de Desarrollo, prácticamente escriben la política económica y la legislación parlamentaria. Arrogantes y despiadados, blanden sus mazas contra sociedades históricamente complejas, frágiles, interdependientes, y las asolan.

Todo esto, por cierto, bajo el alegre ondear de la pancarta de la «reforma».

Como consecuencia de esta reforma, en Africa, Asia y América latina, miles de negocios e industrias de pequeña envergadura han quebrado. Millones de trabajadores y agricultores han perdido sus empleos y sus tierras.

La revista «The Spectator», de Londres, nos asegura que «vivimos en la era más feliz, sana y pacífica de la historia de la humanidad». Miles de millones de personas preguntarían ¿de qué «nosotros» habla? ¿Dónde viven? ¿Cómo se llaman?

Lo que hay que comprender es que la democracia moderna está cimentada por una aceptación casi religiosa de la nación-estado. Pero la globalización de las corporaciones no lo está. El capital líquido no lo está. Por tanto, aunque el capital requiera el poder de coerción de la nación estado para acallar las revueltas en las habitaciones de los sirvientes, el sistema garantiza que ninguna nación pueda oponerse a la globalización por su cuenta y riesgo.

Un cambio radical no puede ser ni será nunca algo negociado por los gobiernos: sólo lo puede ejecutar el pueblo, el público. Un público capaz de darse la mano a través de las fronteras.

Así, cuando hablamos del «poder público en la era del imperio», espero que no parezca presuntuoso asumir que lo único que vale la pena debatir en serio es el poder de un público que disiente, un público que está en desacuerdo con el propio concepto de imperio, un público que se enfrenta con los que ocupan el poder: los gobiernos e instituciones internacionales, nacionales, regionales o provinciales que apoyan y prestan servicios al imperio.

¿Cuáles son las vías de protesta que pueden emplear las personas que desean resistir al imperio? Cuando digo «resistir» no me refiero sólo a expresar nuestro desacuerdo, sino a forzar un cambio real. El imperio tiene una amplia gama de tarjetas de visita. Utiliza distintas armas para descerrajar los distintos mercados, ya saben, como el talonario o el misil crucero.

Para los pobres de muchos países, el imperio no aparece siempre en forma de misiles o tanques, como en Irak, Afganistán o Vietnam. Aparece en sus vidas en forma de avatares muy locales: la pérdida del empleo, recibos de la luz impagables, cortes en el suministro de agua, desahucios de viviendas, desalojos de tierras... todo esto supervisado por la maquinaria represora del estado, la policía, el ejército, el poder judicial. Se trata de un proceso de empobrecimiento implacable que los pobres conocen muy bien a lo largo de su historia. Lo que hace el imperio es reforzar y exacerbar las desigualdades existentes.

Hasta hace bastante poco a la gente le costaba a veces verse a sí mismos como víctimas de las conquistas del imperio. Pero actualmente los conflictos locales están viendo cada vez más claro su propio papel. Por muy grandilocuente que suene, lo cierto es que se están enfrentando al imperio, cada uno a su manera, que es muy diferente en Irak, Sudáfrica, India, Argentina y, cómo no, en las calles de Europa y de Estados Unidos.

Los movimientos de resistencia de masas, los activistas, periodistas, artistas y cineastas se han unido para quitarle brillo al imperio. Han atado cabos, han convertido los flujogramas y los discursos de los consejos de administración en historias reales sobre personas reales y desesperanzas reales. Han demostrado cómo el proyecto neoliberal lo ha pagado la gente con sus viviendas, sus tierras, sus empleos, su libertad, su dignidad. Han hecho tangible lo intangible. El que antaño parecía un enemigo incorpóreo se ha hecho carne.

Esto es una gran victoria, forjada gracias a la unión de grupos políticos diferentes, con estrategias muy variadas. Pero lo que todos comprendieron es que el objeto de su rabia, de su activismo y su empeño es el mismo. Este fue el principio de la verdadera globalización: la globalización de la inconformidad.

En general, hoy en día hay dos tipos de movimientos de resistencia de masas en los países del tercer mundo. El movimiento de los sin tierra de Brasil, el movimiento anti-pantanos en la India, los zapatistas de Méjico, el foro anti-privatización de Sudáfrica y varios cientos más están luchando contra sus propios gobiernos soberanos, que han pasado a ser agentes del proyecto neoliberal. La mayor parte de éstos son conflictos radicales, en los que se lucha por cambiar la estructura y el modelo elegido para el «desarrollo» de sus sociedades.

Los otros son los que luchan contra ocupaciones neocoloniales tan oficiales como brutales en territorios disputados, cuyas fronteras dibujaron las potencias imperialistas en el siglo pasado. Los pueblos de Palestina, Tíbet, Chechenia, Cachemira y varios estados del nordeste de la India mantienen una lucha por la autodeterminación.

Algunas de estas luchas podrían haber sido radicales, e incluso revolucionarias, en sus comienzos, pero a menudo la brutalidad de la represión con que se encuentran las empuja hacia áreas conservadoras e incluso retrógradas, en las que las estrategias de violencia y el lenguaje de nacionalismo religioso y cultural que se emplean son idénticos a los de los estados que pretenden sustituir.

Muchos de los soldados rasos de estas contiendas se encontrarán, al igual que los que lucharon contra el apartheid en Sudáfrica, que una vez venzan a la ocupación van a tener otra guerra en las manos, una guerra contra el colonialismo económico encubierto.

Entretanto, a medida que el abismo entre ricos y pobres se profundiza y la batalla por el control de los recursos terrestres se intensifica, el colonialismo económico por medio de la agresión militar cabalga de nuevo.

El Irak de hoy proporciona una ilustración trágica de este proceso. Una invasión ilegal; una ocupación brutal en nombre de la liberación. La reelaboración de leyes que permiten la apropiación desvergonzada de la riqueza y los recursos del país por las corporaciones aliadas a la ocupación, y ahora la farsa de un «gobierno iraquí» local.

Por estas razones, es absurdo condenar la resistencia a la ocupación de Irak por EEUU basándose en que está organizada por terroristas, insurgentes o partidarios de Sadam Husein. Después de todo, si alguien invadiera y ocupara Estados Unidos, ¿serían todos los que lucharan por su liberación terroristas, insurgentes o bushistas?

La resistencia iraquí lucha en los frentes de la batalla contra el imperio, y en ese caso su lucha es la nuestra.

Como la mayoría de los movimientos de resistencia, está formado por una serie de facciones de distinto pelaje. Antiguos baathistas, liberales, islamistas, colaboracionistas descontentos, comunistas etc. Como es de esperar, está plagado de oportunismo, rivalidades locales, demagogia y delincuencia. Pero si sólo vamos a apoyar a los movimientos inmaculados, entonces ninguna resistencia merecerá nuestra pureza.

Esto no significa que no debamos criticar nunca a los movimientos de resistencia. Muchos de ellos adolecen de falta de democracia, de idolatría de sus líderes, de falta de transparencia, de falta de visión y dirección. Pero sobre todo sufren por la demonización, la represión y la falta de recursos.

Antes de decidir cómo debería dirigir una resistencia iraquí inmaculada su batalla laica, feminista, democrática y no violenta, deberíamos apuntalar la resistencia por nuestro lado obligando a EEUU y sus aliados a retirarse de Irak.

El primer enfrentamiento militar que se dio en EEUU entre el movimiento para la justicia global y la junta neoliberal tuvo lugar en la famosa conferencia de la OMC en Seattle en diciembre de 1999. Para muchos movimientos de masas en países en vías de desarrollo que llevaban mucho tiempo librando batallas aisladas y solitarias, Seattle fue la primera señal de alivio, que demostraba que su rabia y su visión de un mundo distinto también existían entre la gente de los países imperialistas.

En enero de 2001, en Porto Alegre, Brasil, se reunieron 20.000 activistas, estudiantes, cineastas - algunas de las mejores mentes del mundo - para poner en común sus experiencias e intercambiar ideas sobre cómo hacer frente al imperio. Así nació el ya histórico Foro Social Mundial. Esta era la primera reunión oficial de un tipo distinto de «poder público»: estimulante, anárquico, nada indoctrinado, activo. El lema del FSM es «Otro mundo es posible». El foro se ha convertido en una plataforma en la que cientos de conversaciones, debates y seminarios han ayudado a templar y refinar una visión de cómo sería ese mundo.

En enero de 2004, se celebró el cuarto FSM en Mumbai, India, al que acudieron 200.000 delegados. Yo nunca había participado en una reunión tan vibrante. Una de las pruebas del éxito del foro social es que los medios de comunicación principales de la India lo ignoraron completamente. Pero ahora el FSM está amenazado por su propio éxito. El ambiente seguro, abierto y lúdico del foro ha permitido participar y ha dado voz a políticos y organizaciones no gubernamentales implicados en los sistemas políticos y económicos a los que se opone el foro.

Otro peligro es que el FSM, cuyo papel ha sido tan vital en el movimiento por la justicia global, corre el riesgo de convertirse en un fin en sí mismo. Solamente organizarlo todos los años consume las energías de algunos de los mejores activistas que tenemos. Si las conversaciones en torno a la resistencia sustituyen a la auténtica desobediencia civil, el FSM podría tornarse en algo valioso para aquéllos contra los que se creó. El foro se debe celebrar y tiene que crecer, pero tenemos que encontrar formas de canalizar esas conversaciones hacia acciones concretas.

A medida que los movimientos de resistencia se han estirado cruzando fronteras y han comenzado a suponer una amenaza real, los gobiernos han desarrollado sus propias estrategias para derrotarlos, sea por medio de la asimilación o la represión.

Voy a hablar de tres de los peligros actuales que afectan a los movimientos de resistencia: el difícil punto de encuentro entre los movimientos de masas y los medios de comunicación de masas; los riesgos de la ONG-ización de la resistencia; y el enfrentamiento entre los movimientos de resistencia y los estados cada vez más represivos.

El lugar en que los medios masivos se encuentran con los movimientos de masas es bastante complicado.

Los gobiernos se han dado cuenta de que unos medios que funcionan de crisis en crisis no se pueden permitir quedarse mucho tiempo en el mismo sitio. Al igual que los negocios requieren liquidez de dinero, los medios requieren liquidez de crisis. Países enteros se convierten en noticias pasadas: dejan de existir y la oscuridad se vuelve más profunda que antes de que los focos se detuvieran brevemente sobre ellos. Lo vimos en Afganistán cuando se retiraron los soviéticos, y ahora, una vez que la operación Libertad Duradera puso a Hamid Karzai, de la CIA, en el poder, Afganistán ha quedado una vez más en manos de sus guerreros feudales.

En Irak se ha instalado otro agente de la CIA, Iyad Allawi, así que quizá haya llegado la hora de que los medios se vayan también de allí.

Mientras los gobiernos refinan el arte de esperar a que pase cada crisis, los movimientos de resistencia se están enmarañando cada vez más en una espiral de producción de crisis, buscando las formas de fabricarlas en formatos de fácil consumo a medida de los espectadores.

Todo movimiento popular que se respete, todo «tema», ha de tener su propio globo publicitario en el aire anunciando su marca y su propósito.

Por esta razón, los muertos de hambre son más eficaces a la hora de dar publicidad a la pobreza que millones de personas desnutridas, que no llegan a dar la talla. Los pantanos no dan mucho juego como noticia hasta que la devastación que producen queda bien en televisión - cuando ya es demasiado tarde.

Pasarse días de pie en el agua mientras se va llenando el pantano, viendo cómo tu casa y tus posesiones se van flotando, solía ser una estrategia eficaz, pero ya no lo es. Ya aburre mortalmente a los medios. Así que, para capturar su atención, los cientos de miles de personas desplazadas por las presas tendrán que buscarse nuevos trucos o abandonar la lucha.

Las concentraciones coloridas y las manifestaciones de fin de semana son esenciales, pero por sí solas no son lo bastante potentes para parar las guerras. Las guerras sólo terminarán cuando los soldados se nieguen a luchar, cuando los trabajadores se nieguen a cargar armas en los buques y aviones, cuando el pueblo boicotee los centros económicos del imperio diseminados por todo el globo.

Si queremos reclamar el espacio de la desobediencia civil, tenemos que liberarnos de la tiranía del periodismo de crisis con su miedo a lo mundano. Tenemos que usar nuestra experiencia, nuestra imaginación y nuestro arte para interrogar a los instrumentos del estado que garantizan que la «normalidad» sea lo que es: cruel, injusta, inaceptable. Tenemos que sacar a la luz las políticas y procesos que hacen que las cosas de cada día - la comida, el agua, la vivienda y la dignidad - sean un sueño distante para la gente normal. El verdadero ataque preventivo es comprender que las guerras son el resultado final de una paz imperfecta e injusta.

En lo que se refiere a los movimientos de resistencia, lo cierto es que no hay cobertura de los medios comparable a la fuerza de las masas en acción sobre el terreno. No hay otra opción, de veras, que la agotadora movilización política.

La globalización de las corporaciones ha aumentado la distancia entre los que toman las decisiones y los que sufren las secuelas de esas decisiones. Los foros como el FSM permiten a los movimientos locales de resistencia reducir esa distancia y tomar contacto con los movimientos correspondientes en los países ricos. Esta es una alianza importante y formidable. Por ejemplo, cuando el primer pantano privado de la India, el Maheshwar Dam, estaba en construcción, las alianzas creadas entre la Narmada Bachao Andolaan (NBA), la organización alemana Urgewald, la Declaración de Berna en Suiza y la Red Internacional sobre Ríos de Berkeley en EEUU, se unieron para conseguir que una serie de bancos internacionales y corporaciones abandonaran el proyecto. Esto no hubiera sido posible si no hubiera existido sobre el terreno un movimiento de resistencia sólido como una piedra. La voz de ese movimiento local se vio amplificada por los que los apoyaban a nivel global, causando la deserción de los inversores, avergonzados.

Si se formaran infinitas alianzas similares, dirigidas a proyectos específicos y a corporaciones específicas, se podría crear un mundo diferente. Deberíamos empezar por las corporaciones que hacían negocios con Sadam Husein y ahora se aprovechan de la devastación y ocupación de Irak.

Otro peligro que amenaza a los movimientos de masas es la ONG-ización de la resistencia. Será fácil distorsionar lo que voy a decir para que parezca una acusación a todas las ONG. Eso sería falso. En las sucias aguas de las ONG de pega montadas para chupar subvenciones o eludir impuestos (en estados como Bihar se regalan como dote) también existen ONG que realizan labores valiosas. Pero es importante observar el fenómeno de las ONG en un contexto político más amplio.

En la India, por ejemplo, el apogeo de las ONG subvencionadas comenzó a finales de los años 80 y en los 90, coincidiendo con la apertura de los mercados indios al neoliberalismo. En aquel momento, el estado indio, cumpliendo los requisitos del ajuste estructural correspondiente, estaba retirando su apoyo financiero al desarrollo rural, la agricultura, la energía, el transporte y la sanidad pública. A medida que el estado abdicaba su función tradicional las ONG se pusieron a trabajar en estas áreas específicas. La diferencia, evidentemente, es que los fondos que tienen a su disposición son una fracción minúscula del recorte que se realizó en el gasto público. La mayoría de las grandes ONG subvencionadas están financiadas y patrocinadas por las agencias de ayuda y desarrollo, que a su vez dependen para su financiación de los gobiernos occidentales, el Banco Mundial, la ONU y algunas corporaciones multinacionales. Aunque no sean exactamente las mismas agencias, siguen siendo parte del mismo mundillo político que supervisa el proyecto neoliberal y que exige el recorte drástico del gasto público.

¿Cuál es la razón por la que estas agencias financian a las ONG? ¿Podría ser a causa del anticuado afán misionero? ¿Será el sentido de culpabilidad? En realidad, es algo más que eso. Las ONG dan la impresión de estar llenando el vacío creado por el estado en retirada. Sí que lo hacen, pero de forma materialmente inconsecuente. Su contribución real es que por medio de ellas se descarga la rabia política y que reparten como asistencia o caridad lo que corresponde al pueblo por derecho.

Las ONG alteran la psique pública. Convierten a las personas en víctimas desvalidas y mellan las puntas de la resistencia política. Las ONG forman una especie de parachoques entre el «sarkar» y el «public». Entre el imperio y sus súbditos. Se han convertido en árbitros, intérpretes, mediadores.

En última instancia, las ONG son responsables de sus acciones ante los que las financian, no ante las personas con las que trabajan. Son lo que llamarían los botánicos especies indicadoras. Es como si, cuanto más devastación produzca el neoliberalismo, más ONG surgen. No hay ilustración más pertinente que el fenómeno de EEUU preparándose a invadir un país y simultáneamente preparando a las ONG para que fueran a limpiar los despojos.

Con el fin de asegurarse la financiación y conseguir que los gobiernos de los países donde trabajan les permitan actuar, las ONG tienen que presentar su trabajo dentro de un marco superficial más o menos exento de contexto histórico o político. Por lo menos, de un contexto histórico o político inconveniente.

Las llamadas de socorro apolíticas (y, por lo tanto, extremadamente políticas en realidad) que envían los países pobres y las regiones en guerra acaban por formar una imagen en la que aquellas gentes (oscuras) de aquellos países (oscuros) aparecen como víctimas patológicas. Otro indio desnutrido más, otro etíope que se muere de hambre, otro campo de refugiados afganos, otro sudanés mutilado... todos los cuales necesitan la ayuda del hombre blanco. Estas imágenes refuerzan sin querer los estereotipos racistas y reafirman las hazañas, las comodidades y la compasión («es todo por tu bien») de la civilización occidental. Son los misioneros seglares del mundo moderno.

A la larga, a menor escala pero de una forma más traicionera, el capital de que disponen las ONG tiene la misma función en la política alternativa que el capital especulativo que entra y sale de las economías de los países pobres: empieza a dictar el orden del día, convierte el conflicto en negociación, despolitiza a la resistencia, interfiere con los movimientos populares locales que tradicionalmente se han mantenido por sí solos. Las ONG disponen de fondos para dar empleos a personas que, de no ser así, trabajarían en los movimientos de resistencia, pero que de esta manera sienten que están haciendo algo inmediata y creativamente bueno, y encima se ganan la vida. La auténtica resistencia política no tiene atajos de esos.

La ONG-ización de la política amenaza con hacer de la resistencia un trabajo cortés, razonable, con su salario y su jornada de 9 a 5, más algunos extras. La verdadera resistencia tiene consecuencias de verdad. Y no paga salarios.

Así llegamos a un tercer peligro que quiero mencionar hoy: el carácter letal del enfrentamiento real entre los movimientos de resistencia y los estados cada vez más represivos. Entre el poder público y los agentes del imperio.

Siempre que la resistencia civil ha mostrado la más mínima señal de pasar de la acción simbólica a parecer, aunque sea remotamente, una amenaza, la represión se vuelve despiadada. Ya hemos visto lo que ocurrió en las manifestaciones de Seattle, Miami, Göthenberg, Génova.

En Estados Unidos tienen el USA PATRIOT Act, que se ha convertido en un esquema para la elaboración de leyes antiterroristas promulgadas en todo el mundo. Se recortan las libertades con el pretexto de proteger la libertad. Y una vez que cedemos nuestras libertades, será necesaria una revolución para conseguir que nos sean devueltas.

Algunos gobiernos tienen mucha experiencia en recortar libertades y seguir quedando bien. El gobierno indio, veterano en este juego, alumbra el camino.

A lo largo de los años el gobierno indio ha promulgado infinidad de leyes que le permiten tratar a casi cualquier persona de terrorista, insurgente, militante. Tenemos la Ley de Poderes Especiales de las Fuerzas Armadas, la Ley de Seguridad Pública, la Ley de Seguridad de Areas Especiales, la Ley de Gangsters, la Ley de Areas Terroristas y Levantiscas (que oficialmente ya no está en vigor, pero todavía hay personas a la espera de juicio por su causa) y, la más reciente, la POTA, Ley de Prevención del Terrorismo, el antibiótico de amplio espectro para curar la inconformidad.

También se están tomando otras medidas, como sentencias de tribunales cuyo efecto es sustraer la libertad de expresión, el derecho de los funcionarios a la huelga, el derecho a la vida y al sustento. En la India los tribunales han comenzado a microgestionar nuestras vidas. Y encima, criticar a los tribunales es un delito.

Sin embargo, volviendo a las iniciativas contra el terrorismo, en los últimos diez años el número de personas que han muerto a manos de la policía y las fuerzas de seguridad alcanza las decenas de miles. En el estado de Andhra Pradesh (la niña bonita de la globalización corporativa en la India) muere cada año una media de 200 «extremistas» en lo que se suelen llamar «encuentros». La policía de Bombay presume del número de «gangsters» que han matado en estos «tiroteos». En Cachemira, cuya situación es casi de guerra, han muerto unas 80.000 personas desde 1989. Miles de personas simplemente han «desaparecido». En las provincias del nordeste la situación es similar.

En los últimos años la policía india ha abierto fuego contra personas desarmadas, en su mayoría de las castas dalit y adivasi. Su método preferido es matarlos y a continuación llamarlos terroristas. India no es la única, por cierto. Hemos visto ocurrir lo mismo en países como Bolivia, Chile y Sudáfrica. En la era del neoliberalismo, la pobreza es un crimen y protestar contra ella se define cada vez más a menudo como terrorismo.

En la India, la POTA (Ley de Prevención del Terrorismo) se denomina a menudo Ley de Producción del Terrorismo. Es una ley versátil, un patrón único que puede aplicarse a cualquiera, desde un agente de Al Qaeda a un conductor de autobús descontento. Como es el caso de todas las leyes contra el terrorismo, lo genial de la POTA es que puede ser lo que quiera el gobierno. Tras el pogromo de 2002 en Gujarat ayudado por el gobierno, en el que se calcula que 2.000 musulmanes fueron asesinados brutalmente por multitudes hindúes y 150.000 tuvieron que abandonar sus hogares, 287 personas han sido acusadas bajo la POTA, de las cuales 286 son musulmanas y una es sikh.

La POTA permite utilizar como evidencia en un juicio las confesiones extraídas mientras el reo se encuentra en custodia de la policía. En la práctica, la tortura tiende a sustituir a la investigación. El Centro de Documentación sobre Derechos Humanos del Sur de Asia informa que la India presenta el número más alto del mundo de fallecimientos en custodia y bajo tortura. Los archivos del gobierno indican que sólo en 2002 hubo 1.307 muertes en custodia judicial.

Hace unos meses formé parte de un jurado bajo la POTA. A lo largo de dos días escuchamos testimonios espeluznantes de lo que está ocurriendo en nuestra magnífica democracia. Hay de todo: desde las personas a las que obligan a beber orina, a las que desnudan, humillan, aplican electroshock, queman con colillas o insertan barras de hierro en el ano, hasta las que matan a palos y patadas.

El nuevo gobierno ha prometido abolir la POTA. Me sorprendería que esto se llevara a cabo antes de aprobar otra legislación con un nombre diferente. Si no es la POTA será la MOTA o algo así.

Cuando se cierran todas las vías al inconformismo no violento y se acusa de terrorista a toda persona que protesta contra la violación de los derechos humanos, ¿de verdad deberíamos sorprendernos al ver que amplias zonas del país están cuajadas de personas que creen en la lucha armada y están más o menos fuera del control del estado? Esto ocurre en Cachemira, en las provincias del nordeste, en grandes comarcas de Madhia Pradesh, Chattisgarh, Jharkhand y Andhra Pradesh. La gente normal de estas regiones está atrapada entre la violencia de los militantes y la del estado.

En Cachemira, el ejército indio calcula que hay entre 3.000 y 4.000 militantes activos en un momento dado. Con el objeto de controlarlos el gobierno indio envía unos 500.000 soldados. Está claro que el ejército no sólo pretende controlar a los militantes, sino a la población entera de infelices que ven al ejército indio como una fuerza de ocupación.

La Ley de Poderes Especiales de las Fuerzas Armadas permite no sólo a los oficiales de alto rango, sino incluso a los suboficiales del ejército, utilizar la fuerza y hasta matar a cualquier persona bajo sospecha de alterar el orden público. Primero se impuso en ciertos distritos del estado de Manipur en 1958. Hoy en día se aplica en prácticamente todo el nordeste y en Cachemira. La documentación de casos de tortura, desapariciones, muertes en custodia, violaciones y ejecuciones sumarias a manos de las fuerzas de seguridad es capaz de revolverle el estómago a cualquiera.

En Andhra Pradesh, en el corazón de la India, el grupo militante Marxist-Leninist People’s War Group, que llevaba años en la lucha armada violenta y ha sido el principal foco de atención de muchos de los falsos «encuentros» que cita la policía de Andhra, celebró su primer mítin público el día 28 de julio de 2004, en la ciudad de Warangal.

Asistieron a la concentración cientos de miles de personas. Según la POTA, todos ellos son terrorristas. ¿Van a detenerlos a todos en algún equivalente indio a Guantánamo?

Todo el nordeste de la India y el valle de Cachemira están a punto de explotar. ¿Qué va a hacer el gobierno con estos millones de personas?

Hoy por hoy no hay en el mundo un tema de debate tan crucial como la cuestión de las estrategias de resistencia, y la elección de estrategias no está enteramente en manos del «public»: también está en manos del «sarkar».

Después de todo, cuando EEUU invade y ocupa Irak como lo ha hecho, con una fuerza militar tan desmesurada, ¿se puede pedir que la resistencia sea de tipo militar convencional? Para empezar, incluso si fuera convencional seguiría siendo calificada como terrorista. Parece extraño, pero el arsenal armamentístico del gobierno de EEUU, su potencia aérea y su artillería hacen del terrorismo una reacción prácticamente ineludible. El pueblo compensa la falta de dinero y poder con estrategias y astucias.

En estos tiempos de ansiedad y desesperación, si los gobiernos no hacen lo posible por respetar la resistencia no violenta, están favoreciendo por omisión a los que optan por la violencia. La condena del terrorismo por los gobiernos no es creíble si no se muestran dispuestos a cambiar ante el inconformismo no violento.

Sin embargo se hace lo contrario: reventar los movimientos de resistencia; comprar, destruir o sencillamente ignorar cualquier movilización u organización política de masas.

Entretanto, los gobiernos y los grandes medios de comunicación, sin olvidar la industria cinematográfica, prodigan su tiempo, atención, tecnología, investigación y admiración en la guerra y el terrorismo. Es la deificación de la violencia.

El mensaje que lanzan es angustioso y peligroso: si quieres expresar una queja de carácter público, la violencia es más eficaz que la no violencia.

A medida que se ensancha el abismo entre el rico y el pobre; a medida que se hace más urgente la necesidad de adueñarse de los recursos mundiales y controlarlos con el fin de alimentar a la ingente maquinaria capitalista, el descontento no hará más que aumentar.

Para aquellos de nosotros que nos encontramos en el bando contrario al imperio, la humillación se está haciendo insoportable.

Cada uno de los niños iraquíes asesinados por Estados Unidos era hijo nuestro. Cada uno de los prisioneros torturados en Abu Ghraib era compañero nuestro. Cada uno de sus gritos era nuestro. Cuando se les humillaba, se nos humillaba a nosotros. Los soldados estadounidenses que luchan en Irak, la mayoría voluntarios reclutados en los pueblos y en los barrios pobres, son tan víctimas como los iraquíes del horrendo proceso que les exige morir por una victoria que nunca será la suya.

Los mandarines del mundo de las corporaciones, los directivos, los banqueros, los políticos, los jueces y los generales nos observan desde arriba meneando la cabeza con severidad: «No Hay Alternativa», sentencian, y sueltan a los perros de la guerra.

Y entonces, de las ruinas de Afganistán, de los escombros de Irak y Chechenia, de las calles de Palestina y las montañas de Cachemira, de los montes y altiplanos de Colombia y de las selvas de Andhra Pradesh y Assam, surge una escalofriante respuesta: «No hay otra alternativa que el terrorismo». Terrorismo. Lucha armada. Insurgencia. Llámenle como quieran.

El terrorismo es desalmado, feo y deshumanizante tanto para los que lo perpetran como para sus víctimas. Pero también lo es la guerra. Podría decirse que el terrorismo es la guerra privatizada. Los terroristas son los comerciantes en el libre mercado de la guerra. Personas que no creen que el estado tenga el monopolio del uso legítimo de la violencia.

La sociedad humana se dirige a un lugar terrible.

Evidentemente, hay una alternativa al terrorismo: se llama justicia.

Ha llegado la hora de reconocer que por muchos armamentos, segadoras de margaritas, sistemas de dominación total o falsos consejos de gobierno y loya jirgas que se tengan, la paz no se puede comprar a costa de la justicia.

La ambición de algunos por la hegemonía y la preponderancia tendrá como contrapartida el anhelo, aún más intenso, de los otros por la dignidad y la justicia.

La forma en que se manifieste la batalla, el que sea hermosa o cruenta, depende de nosotros.


Traducción de la transcripción integral del discurso pronunciado por Arundhati Roy en San Francisco, California, el 16 de agosto de 2004.

Copyright 2004 Arundhati Roy. Para reimpresión contactar con arnove[AT]igc.org.

Texto traducido por María Fernández y revisado por Alfred Sola para ZNET.

http://www.zmag.org/Spanish/1004roy.htm.

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