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Mensaje del Santo Padre Francisco al presidente del consejo pontificio “Justicia y Paz” con ocasión del encuentro “Una jornada de reflexión - Unidos a dios escuchamos un grito” (Roma, 17-19 de julio de 2015)

vendredi 18 septembre 2015, mis en ligne par Dial

Vaticano, 17 de julio de 2015.

Al venerado hermano
Cardenal Peter Kodwo Appiah Turkson
Presidente del Consejo pontificio Justicia y paz

Señor cardenal :

Me alegra enviar mi saludo y mi aliento a los participantes en el encuentro de los representantes de comunidades dedicadas a actividades mineras, organizado por el Consejo pontificio Justicia y paz en colaboración con la red latinoamericana Iglesias y minería sobre el tema « Unidos a Dios escuchamos un grito ».

Venís de situaciones diferentes y, de diversos modos, experimentáis las repercusiones de las actividades mineras realizadas tanto por grandes compañías industriales como por artesanos, o bien por agentes informales. Habéis querido reuniros en Roma, en esta jornada de reflexión que remite a un pasaje de la exhortación apostólica Evangelii gaudium (cf. nn. 187-190), para hacer resonar el grito de las numerosas personas, familias y comunidades que sufren directa o indirectamente a causa de las consecuencias muy a menudo negativas de las actividades mineras. Un grito por los terrenos perdidos ; un grito por la extracción de riqueza del suelo que, paradójicamente, no ha producido riqueza para las poblaciones locales que siguen siendo pobres ; un grito de dolor como reacción a la violencia, a las amenazas y a la corrupción ; un grito de indignación y de ayuda por la violación de los derechos humanos, clamorosa o discretamente ultrajados en lo que concierne a la salud de las poblaciones, las condiciones de trabajo, a veces la esclavitud y el tráfico de personas que alimenta el trágico fenómeno de la prostitución ; un grito de tristeza y de impotencia por la contaminación de las aguas, del aire y de los suelos ; un grito de incomprensión por la ausencia de procesos inclusivos y de apoyo por parte de las autoridades civiles, locales y nacionales, que tienen el deber fundamental de promover el bien común.

Los minerales y, más generalmente, las riquezas del suelo y del subsuelo constituyen un don valioso de Dios, que la humanidad utiliza desde hace milenios (cf. Jb 28, 1-10). En efecto, los minerales son fundamentales para numerosos sectores de la vida y la actividad humana. En la encíclica Laudato si’ quise hacer un apremiante llamamiento a colaborar en el cuidado de nuestra casa común, contrastando las dramáticas consecuencias de la degradación ambiental en la vida de los más pobres y de los excluidos, y avanzando hacia un desarrollo integral, inclusivo y sostenible (cf. n. 13). Indudablemente, todo el sector minero está llamado a realizar un cambio radical de paradigma para mejorar su situación en muchos países. A esto pueden dar su contribución los gobiernos de los países de origen de las sociedades multinacionales y de aquellos en los que trabajan, los empresarios y los inversores, las autoridades locales que supervisan el desarrollo de las operaciones mineras, los obreros y sus representantes, las cadenas internacionales de aprovisionamiento con sus varios intermediarios y quienes trabajan en los mercados de estas materias, los consumidores de mercancías para la realización de las cuales se utilizan minerales. Todas estas personas están llamadas a adoptar un comportamiento inspirado en el hecho de que constituimos una única familia humana, « que todo está relacionado, y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás » (ibídem, n. 70).

Aliento a las comunidades representadas en este encuentro a reflexionar sobre cómo pueden interactuar constructivamente con todos los demás agentes implicados mediante un diálogo sincero y respetuoso. Deseo que esta ocasión contribuya a una mayor conciencia y responsabilidad sobre estos temas : partiendo de la dignidad humana es como se crea la cultura necesaria para afrontar la crisis actual.

Pido al Señor que vuestro trabajo de estos días sea rico en frutos, y que tales frutos puedan ser compartidos con todos los que tienen necesidad de ellos. Os pido, por favor, que recéis por mí, y con afecto os bendigo a vosotros, a vuestras comunidades de pertenencia y a vuestras familias.

Francisco.

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