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CHILE - Crónica personal de la muerte de Pinochet

Chiara Saez Baeza

Viernes 15 de diciembre de 2006, puesto en línea por Chiara Sáez Baeza

Comienzo a escribir esta crónica mientras están siendo cremados los restos de Pinochet.

Fue hace dos días que la noticia de su muerte se expandió como pólvora por múltiples medios: el boca a boca, teléfonos, correos electrónicos, radio y televisión. El domingo por la tarde yo estaba en la playa, a dos horas de Santiago. Mi hermana fue la que llamó para avisarnos. Primero de la muerte y luego de la celebración espontánea en la Plaza Italia, algo así como el centro neurálgico de todas las grandes celebraciones nacionales.

No estuve ahí, pero he ido reconstruyendo los hechos a partir de los relatos de mis amigos y de las fotos que he podido ver. Mucho champagne, abrazos, papel picado, música, banderas y por sobre todo, mucha gente vestida de rojo. Porque es el color de aquellos que Pinochet se propuso exterminar, porque es el color de la vida y de la alegría intensa, porque es el color de la sangre y porque es el color del corazón, el mismo que le falló a Pinochet y provocó su muerte. Porque como lo dijo uno de los médicos consultados por las razones de su muerte, el Dictador murió porque “se le rompió el corazón”. Toda una paradoja, viniendo de uno que no tuvo corazón con mucha gente, incluidos algunos de mis amigos y sus padres.

Cuando llegué de vuelta a Santiago el domingo a las 9 de la noche, la fiesta ya había sido aguada por la policía, que -como ocurre cada vez que los chilenos se manifiestan masivamente por una causa política- se encargó de utilizar sus particulares métodos de persuasión para disolver a esa multitud calculada en 15 mil personas que enfiló por la Alameda con la intención de llegar hasta el Monumento a Allende, ubicado en la Plaza de la Costitución, junto a La Moneda.

Sin embargo, el Gobierno ya había anunciado que a Pinochet no se le brindarían honores de ex- Jefe de Estado, cuestión justa pero no por eso exenta de polémica para la derecha política que salió a criticar la medida.

A esa hora, tampoco había muchas posibilidades de ir hacia el centro de la ciudad. La marcha había terminado con el levantamiento de barricadas por toda la Alameda -como reacción a los métodos policiales de disolución de la multitud- y no había transporte público para poder moverse hacia allá.

Por la televisión empiezan a mostrar las celebraciones nocturnas en barrios emblemáticos de lucha contra la dictadura: Lo Hermida, La Victoria, Villa Francia. Y la alegría de hoy se mezcla con los recuerdos dolorosos del ayer. Y uno se acuerda de todos aquellos que murieron acribillados en esos lugares, por “balas perdidas”. Pero no sólo de eso, sino también de otras violencias, aquellas que mermaban de manera más cotidiana la dignidad de los sectores más pobres de la ciudad: los allanamientos a medianoche, el deterioro de la calidad de vida, de la educación y de la salud pública.

Estoy envuelta en esta mezcla de imágenes y recuerdos cuando cerca de las 10.30 de la noche me llama una amiga que se encontraba trabajando cerca de la Plaza Italia. Me dice que coja un taxi y ella me lo paga, para que vayamos a celebrar a la Maestra Vida, la salsoteca más roja de Santiago. Acepto su oferta y empino en taxi por la Alameda desde Maipú. A mi paso voy dejando restos de barricadas y mucha gente esperando la aparición milagrosa de algún medio de transporte público.

Llegamos a la Maestra las 12.30 de la noche. Y cuando suenan los primeros toques de «Prohibido Olvidar», bailo con más ganas porque Rubén Blades tiene razón cuando dice que un país que no se vende, nadie lo podrá comprar... no te olvides, no te olvides.

Celebramos hasta las 4 de la mañana, dando cuenta de todas las paradojas que se concentran en este hito histórico: el peor cumpleaños de la ahora viuda de Pinochet, una justa manera de celebrar el Dïa Internacional de los Derechos Humanos, la hija socialista de un General muerto por torturas que le niega honores de Estado al General golpista y traidor. Y todo ello va cerrando un círculo. Y pienso que ya no me importa si el infierno existe, porque la vida tiene maneras azarosas pero al mismo tiempo ineludibles de hacer justicia.

Y el día lunes la televisión vuelve a su curso normal: las imágenes de las manifestaciones festivas son reemplazadas por una cobertura casi unívoca de lo que ocurre en la Escuela Militar, donde es velado el Dictador. Los festejos de la tarde anterior son trivializados como expresiones del lumpen, palabra mágica que utilizan los periodistas para desprestigiar las manifestaciones de protesta popular. Expresiones lumpéricas que generalmente no son más que reacciones a la provocación policial que -curiosamente- las cámaras de televisión raramente alcanzan a captar.

Poco a poco y a partir de las 9 de la mañana la gente agolpada en las afueras de la Escuela Militar empieza a desfilar ante el féretro de Pinochet. Esta situación dura hasta altas horas de la madrugada y no está exenta de tensiones. Una joven pinochetista destruye la oficina de ventas de un edificio de departamentos en construcción, como reacción a los gritos de ¡Asesino! ¡Asesino! que lanzan los obreros desde los pisos superiores.

Por la mañana, el Ministro del Interior Belisario Velasco declara a la prensa que Pinochet será recordado como un típico dictador de derecha que mató y robó. Son palabras fuertes e inesperadas, sobre todo viniendo de quien ha sido apodado Belisario “me-das-asco”, por su accionar tenebroso como ministro del Interior durante el gobierno de Aylwin, en el de Frei – Ruiz Tagle y también en este.

La Presidenta, por su parte, aprovecha el contexto de la ceremonia de entrega del Informe del Consejo Asesor de educación -un logro de las movilizaciones llevadas a cabo este año por los estudiantes secundarios- para defender su decisión de negar los funerales de Estado a Pinochet al afirmar “Tengo memoria, creo en la verdad y aspiro a la justicia”.

Este día lunes las organizaciones de derechos humanos preparan un acto en el Memorial de los Detenidos Desaparecidos en el Cementerio General y convocan a la población a congregarse nuevamente en la Plaza Italia. Sin embargo, contrario al día anterior, la televisión informa poco o nada de estas actividades. Más aún, la convocatoria en la Plaza Italia es rápidamente disuelta y termina con la principal dirigenta de la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, detenida por la policía.

Día martes. Por la mañana, la televisión informa que en la madrugada, durante el velorio, alguien escupió sobre el ataúd de Pinochet. Ha sido el nieto de Carlos Prats, el Comandante en Jefe del Ejército que antecedió a Pinochet. El joven dijo que lo había hecho porque Pinochet había matado a sus dos abuelos, en referencia al atentado de la DINA en el barrio de Palermo, Buenos Aires, que cobró la vida del uniformado junto a su esposa en 1974.

Al mediodía, mientras se realiza el acto final del funeral de Pinochet, el Gobierno autoriza una manifestación en recuerdo de Salvador Allende en la Plaza de la Constitución. Hay alegría, alivio, reclamos de justicia, tristeza por el recuerdo de aquellos que murieron violentamente o aún continúan desaparecidos. En la Escuela Militar, en tanto, dos de los oradores nos recuerdan la posición del Ejército para el Golpe Militar y también hoy día.

El actual Comandante en Jefe del Ejército realiza una alocución donde defiende la llamada “tesis de la crisis institucional” mediante la cual la historiografía oficial ha intentado justificar el Golpe de Estado de 1973. Por su parte, uno de los nietos del ex – General y capitán del Ejército en ejercicio, Augusto Pinochet III, hace un discurso fuera del programa oficial, donde se dedica a exaltar la figura política del ex dictador. Dijo de su abuelo que “derrotó, en plena Guerra Fría, al modelo marxista que pretendía imponer su modelo totalitario, no mediante el voto, sino derechamente por el medio armado«. Asimismo, el joven capitán Pinochet -que vestía su uniforme militar-, dijo que en sus últimos años el ex gobernante había sido atacado en lo afectivo, al ver»cómo su mujer y familia eran vejados por jueces que buscaban más renombre que justicia".

Hoy jueves, los restos de Pinochet ya han sido cremados y se encuentran en una de sus residencias fuera de Santiago. El día de ayer el nieto de Pinochet ha sido expulsado del Ejército no sólo por lo politizado de su discurso, sino también porque su discurso fue pronunciado saltándose la línea de mando, que no había sido informada de su alocución. El nieto de Prats, en cambio, fue sacado escoltado por la policía y dejado en libertad a unas cuadras de la Escuela Militar.

Dos nietos, dos miradas sobre el rol del Ejército, dos reacciones, dos sanciones disímiles. Es de esperar que este buen augurio sea un adelanto de lo que viene.


Video de festejos en Santiago.

Video de festejos en Concepción.

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