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Separar es no comprender

Ciencia y arte

Ariel Zúñiga

Miércoles 2 de julio de 2008, puesto en línea por Ariel Zúñiga

La distinción entre ciencia y arte es tan sólo analítica sin embargo se actúa suponiendo ingenuamente que es algo más que eso. Esa es la razón por la cual se convoca a una conferencia sobre el tópico [1], en la cual, después de eludir la pregunta inicial mediante todos los medios posibles, se quiere concluir que existen pioneros nacionales e internacionales del arte-ciencia.

Un poco de historia hizo falta para que se ilustrara que la distinción entre ambos mundos es reciente y además anómala: Miguel Angel pintó la capilla Sixtina tanto por que fue obligado por Julio II como porque existían las pinturas adecuadas para hacerlo.

En la actualidad se da por supuesto que la técnica basada en la ciencia es capaz de producir aquello que la mente imagine por lo tanto se demanda a los científicos la creación de artefactos cada vez más sofisticados mientras el arte duerme el sueño de los justos. Mientras la ciencia satisface la apetencia compulsiva por nuevos trucos que capturen la atención hiperactiva de las audiencias los artistas oficiales envuelven monumentos públicos o suben a una vaca a la azotea de un edificio.

Un poco más de historia nos permite apreciar la superficialidad con que se trata estas cuestiones. El ser humano, en tanto hardware no ha variado en los últimos ¡doscientos mil años! Esto hace irrelevantes las conclusiones que se tengan sobre el devenir cultural occidental al cual podemos seguirle la pista los últimos seis mil años a lo sumo. Mientras no podemos pensar en compartimentaciones anteriores a Descartes ni en civilizaciones anteriores a Babilonia afirmamos con vehemencia que todo ha sucedido en el último cuarto de hora.

Desde la filosofía de la ciencia se recurre al comodín del método científico sin que nos conste si éste fue aplicado para producir la rueda, entre otras fundamentales creaciones. Cuando se erigen las civilizaciones ya todo lo más importante se había descubierto: La cocción de los alimentos, la construcción de guaridas apropiadas para el frió y el calor, los frutos nutritivos, venenosos y terapéuticos, el control de la reproducción humana, animal y vegetal, etc. Los ingenuos entusiastas agregan a estas creaciones sin par a las “artísticas” que ya en la época de las cavernas se encontraban “muy desarrolladas”. Pero la separación entre religión, cultura culinaria, industria lítica, metalúrgica, caza, pesca, arte y astronomía, es puesta por nosotros y evidencia nuestra incapacidad de comprender al ser humano en su cabal esplendor.

No tenemos idea de todos los experimentos que se han realizado durante estos cientos de miles de años y a duras penas tenemos noción de algunos testimonios escritos, muy recientes por lo demás, en que se da cuenta que los antiguos discurrían sobre supuestos equivalentes a los de hoy. Que el hombre, algunos hombres, vivan más años, viajen más lejos, más rápido, puedan conversar con otro que se encuentra a miles de kilómetros, no ha significado otra cosa que una diferencia cuantitativa; es ingenuo celebrar estos “avances” que sólo pueden percibirse como tales dentro de la neurosis-moderna-occidental. Otros pueblos, carentes de esos “avances”, pueden (podían) disfrutar de la placidez y libertad del salvajismo que hemos aniquilado.

El modo de hacer las cosas civilizado ha prevalecido gracias a la espada y al encantamiento masivo de las religiones, no porque se haya convencido a cada uno sobre la conveniencia de estas formas sociales. Cada vez que se creo y recreo la civilización se aniquilaron a los portadores de un saber milenario, quizá más certero y atinente del que hoy disponemos, por lo tanto no se ha tratado nunca sobre si el conocimiento mejor supera al peor sino por el monopolio de definición de lo bueno y malo que se obtiene mediante el gobierno de la civilización: De la utilización del saber por el poder.

José Miguel Tagle [2] disparó a mansalva en contra de los ignorantes, banales y superficiales que se atrevían a incorporar las nuevas tecnologías en el arte o que creaban intersecciones entre ciencia y arte, su diatriba, incomprensible para los que estamos afuera de las querellas locales y disciplinarias, comenzó revindicando el leitmotiv de su producción: El liderazgo. Luego exigió que el auditorio respetara su obra por la cantidad de horas que se había empleado en realizarla; de paso en su proyector exhibió sin ningún tipo de pudor publicidad no solicitada de los que habían financiado su magna creación. Pero lo que quiero poner de relieve no es el simulacro de innovación compulsiva y originalismo fetichista de su propuesta, sino que los supuestos científicos en que se basaba: Tagle exhibió fotografías de obras (que calificó de experimentales) en donde se intentaba replicar en laboratorios-escenarios, los estados alterados de los chamanes amazónicos, sustituyendo los químicos alucinógenos, usados y abusados en los sesenta, con máquinas. Tanto los investigadores de los sesenta como Tagle, consideran al hombre una máquina compleja a la cual es posible disociar de la cultura tal cual se puede desconectar una computadora de Internet. Los investigadores de la neuro ciencia sustraen de su medio a los peces y los investigan en un laboratorio pero no les sirve de mucho extraer a la hormiga del hormiguero o a la abeja del panal ¿porqué creen que el hombre se puede separar de la cultura sin destruirlo? Los estados alterados obtenidos por drogas o por estímulos mecánicos externos no son más que burdas parodias de los rituales, quizá ya extintos, que intentan emular, puesto que no existe una significación del acervo simbólico en el que discurre el chaman y su comunidad. El sólo hecho de intentar sustraerlo del entorno mágico invierte los papeles investigador-investigado pues permite avanzar todo tipo de conclusiones acerca de los hombres que se dedican a ese tipo de experimentos.

Comprender por comprender lleva casi siempre a comprender para controlar; quizá los burdos supuestos en los que discurren estos expertos en la compulsión, innovativa, redundante y moderna, ayudan a retrasar la puesta en práctica de nuevos dispositivos de control.

Las ciencias sociales, incapaces de constituirse en una fuente de las ciencias duras, permite la reiteración de estos actos fallidos. Sin que el hombre logre avanzar en un control de su propia producción científica quizá esta situación es lo mejor que pueda suceder puesto que la ceguera cultural de las ciencias duras permite la libertad de consciencia desde donde se escriben y leen estas letras; si los Tagle del mundo fueran más diligentes ya nos la habrían robado también.

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[1Exposición realizada el Jueves 26 de junio en el Museo de Arte Contemporáneo de la Quinta Normal: “Diversos expertos debatirán sobre las relaciones entre arte-ciencia-tecnología y analizarán los cambios y efectos de la “cultura digital” en la sociedad contemporánea. El encuentro es organizado por el Circuito Cultural Santiago Poniente, MAC Quinta Normal y Plataforma Cultura Digital.” Fuente www.circuitocultural.cl

[2Fundador de Medialab de la Escuela de Diseño de la Pontificia Universidad Católica de Chile (Ninguna relación con el Media Lab del MIT)

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