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Opinión - Reflexiones sobre el cambio de gobierno

MÉXICO - La crisis simbólica del cambio de poder presidencial

Amando Basurto

Lunes 4 de diciembre de 2006, puesto en línea por Amando Basurto

La última semana de la administración de Vicente Fox fue simple y sencillamente atropellada. Fue, en el último de los casos, el epítome del sexenio. Quedará en la memoria histórica de nuestro país, como el sello del foxismo, la incapacidad para la actividad política fundamental: la negociación. Queda, también, como el gran reto que la “democracia” impuso y el país no pudo superar. Porque a pesar de su ineficiencia e incapacidad política, el principal logro de la administración Fox fue el poder heredar la presidencia a alguien de su mismo partido. (El cómo sucedió quedó registrado en la resolución final del Tribunal Electoral del Poder de Judicial Federal sobre las elecciones presidenciales).

Por momentos pareciera que la importancia de las formas y el fondo de lo político se ha perdido. Que no importase si la toma de protesta del presidente se realiza frente a un foro tumultuoso y tumultuario. Como si las formas fuesen irrelevantes; relegadas simplemente al “protocolo.” Sin embargo, el simbolismo que rodea al traspaso de poderes es políticamente fundamental.

La intención de la bancada del PRD de obstruir la toma de protesta en el recinto parlamentario parecía tener el sentido de imponer sobre el nuevo gobierno un estigma mayor de ilegitimidad. Lo que explica también la intención de la bancada del PAN de defender a toda costa el hecho de que la toma de protesta se llevara en el mismo recinto. Pero la importancia de la formalidad del paso de poder presidencial de manos de uno a otro, por salvoconducto del presidente de la Cámara de Diputados no parece (y menos pareció a Vicente Fox) de relevancia alguna. No se debe, sin embargo, perder de vista que la intermediación del presidente de la Cámara es un acto republicano fundamental. La importancia reside en que la entrega del poder presidencial no se realiza de Presidente a Presidente sino por medio de manos de la representación popular.

El caso histórico extremo es la auto-coronación de Napoleón Bonaparte el 2 de diciembre de 1804. La intención de Bonaparte al retirar la corona de las manos del Papa Pío VII y colocársela él mismo fue, primero, desconocer a la iglesia católica como un poder superior al de su reinado y, segundo, no reconocer a ningún otro poder (terrenal o celestial) sobre el suyo. En pocas palabras, fue una expresión pura de absolutismo y soberanía.

¿Pero cuál es el caso en México? La banda presidencial, símbolo fundamental del poder ejecutivo, pasa de manos del Presidente saliente a manos del Presidente de la cámara que actúa como representante de la asamblea popular más plural de la nación. Acto seguido, la banda (el poder presidencial, no sólo un trapito) pasa a manos del Presidente entrante.
Lo que es terrible, simbólicamente, es que este acto ya no es republicanamente relevante. No importa si es realizado en un recinto de representación popular en desorden. Y no importa porque el traspaso de poder se llevó a cabo en otro momento. Fuera de la Cámara.

A la media noche entre el último día de noviembre y el primero de diciembre, el Presidente traspasó el poder por medio del Ejército, en una cena privada (aunque publicitada) en la Residencia Oficial de los Pinos. Esta es también una expresión pura de lo que sucedió en los seis años que gobernó Fox; especialmente con respecto al enorme descuido sobre las formas de la envestidura presidencial. El traspaso de poderes se realiza con una bandera y ya no con la banda presidencial. Esto quiere decir que lo que Vicente Fox llevó a la Cámara de Diputados no era, esa sí, sino un trapito tricolor. El poder que se supone ésta simboliza ya estaba en manos de Calderón y la ceremonia se vuelve un ridículo republicano. Además, siempre hay que tener en mente lo que puede implicar que el paso de poder presidencial pase por manos de cualquier miembro del fuero militar. (Por ahora cualquier pendiente sobre ello se diluye ante la innegable institucionalidad del Ejército mexicano)

Con esto en mente, se puede explicar mejor que el fin del presidencialismo mexicano a manos de Vicente Fox no significa que la presidencia se haya reacomodado en la división de poderes en México. Sino que la crisis del presidencialismo mexicano se debe, en buena medida, a la enorme incapacidad de Vicente Fox para ejercer esa investidura, y a la consiguiente degradación de la institución presidencial. Reconsiderar, pues, que las formas simbólicas en las que el poder político en México se ejerce tiene mayor relevancia que la de ser una formalidad protocolaria, también debe significar aceptar aquello que simbolizan. Si no es así, los símbolos de poder son simplemente condenados al vacío de la inocua solemnidad.


Amando Basurto es Maestro en Estudios en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional Autónoma de México

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